martes, 8 de octubre de 2013

cero

Puede que esta sea la última vez que escriba con el cariño que te tengo a flor de piel y que sea la única manera en que de mi amor se tiñan las palabras que nunca te dije y que nunca leerás. Me dije que nunca te escribiría, que mis letras insulsas no podían pertenecerte de ninguna manera, pero la verdad es que de este odio creciente solo pueden nacer borbotones de lo que alguna vez pensé sería un largo sentimiento de pertenencia. Y quizás todo esto pierda sentido apenas la letra aparece en la hoja y el sentimiento fluye libre y fuera de mis contradicciones.
     Te quise. Lo hice como hace mucho no quería a alguien. Y te cedí una parte de mis sueños, mis deseos, mis miedos y mis prohibiciones; te entregué aquello que no quería entregarme ni a mí misma: mi confianza. No fue un error. No me arrepiento. Y no te quiero perder pero te esfumas de entre aquello que pensé que tendría.
     Te detesté. De verdad lo hice, lo he hecho y lo seguiré haciendo por el puro y pleno placer de convencerme que en realidad no te profesé cariño. Me gustaría darte mi odio entero en una cajita y que te deshicieras de él cuando consideraras que ya tampoco te quiero como en un principio.Estoy regalándote estas letras porque una vez leídas ya no valen nada. Tíralas, quémalas, olvídalas y nunca recuerdes su existencia. Lo más importante es olvidar. Vamos a olvidarnos: un día, dos, una semana, un año y para toda la vida.        
     Ódiame un poquito, ódiame de aquí hasta que no tengas más ganas de volver a verme y lo único que tengamos en común es ser almas perdidas.
     Lo que siento por ti se me escapa, como dos aves que vuelan en dirección contraria. Déjalas ir. No las dejes ir. Ahí están y son para ti. No son para nadie, por más que quiera son tuyas desde un principio y hasta el final. 
     Déjame quererte. Déjame odiarte. Déjame olvidarte. Ponle puntos suspensivos o punto final. 

lunes, 7 de octubre de 2013

uno

Sufrir por amor es muy sencillo, somos nosotros quienes lo hacemos ver complicado. En el mejor de los casos aceptamos el dolor desde el principio, nos lo llevamos a cuestas sin rechistar y nos tragamos una a una las lágrimas; en el peor, nos lo negamos hasta hartarnos a nosotros mismos y terminamos por admitirlo a regañadientes como si de un castigo se tratara. No es un castigo, es una consolación bastante inusual.
     Desde la última vez que pasé por esto hace un par de años, no había escrito con tanta libertad sobre mis emociones, no le había escrito a nadie con tanta honestidad. Esta vez no he reprimido lo que quiero decirte, porque tengo muchas cosas que decirte. Tengo todavía amor que darte, a mi manera o a la tuya, en silencio o a voces; nunca va a ser suficiente.
     A veces no sé si lloro por ti o por mí. Por ti porque te has ido y no te has ido, sigues donde siempre pero sin mis besos. Por mí porque me quiero ir y no puedo, me detiene lo que he empezado a sentir por tus ausencias.
    Me haces falta. No te encuentro cuando quiero buscarte dentro de mis sinsentidos.